domingo, 6 de julio de 2008

TESTIGO 4












Ella se sentó en el cuarto escalón de la escalera.

Para saber cómo está, hay que mirarle las manos, se toca los dedos, las uñas en los dedos; la punta de las uñas de los dedos. Se acaricia la sien. Después se tapa los ojos y sube las manos hacia su cabeza, como peinándose, pero cuando llega casi hasta la nuca, cierra las manos agarrándose el pelo con fuerza.

Esa mujer esta ahí y el relato de su gesto no tiene sentido sino se admite que el gesto es un universo.

Esa mujer no habla, no dice nada. Esa mujer no llora, no se ríe. Sólo esta allí sentada. Casi inmóvil su figura puede pasar desapercibida, pero yo la veo y completo su gesto.

A ella no le importa que yo esté. Su universo finito, cerrado y completo la consume.

El tiempo es sólo un espacio de silencio para ella que esta ahí, tan quieta, tan sola.

Me pregunto por qué: por qué estará así. Y la pregunta carece de valor porque ahora me mira y completa el relato con sus ojos. Y toda explicación se desvanece.