sábado, 9 de agosto de 2008

TESTIGO 1


A Mariano.


Tiene una forma, es una parábola, o dos parábolas que se unen en un puntito chiquitísimo. Bajo la lluvia de esta tarde la puntita de la hoja parece más frágil de lo que es. Sin dudas es una hoja valiente porque, aunque fuertes truenos azotan el cielo, ella permanece en la rama más alta del árbol de la puerta. Ahora la veo. Si cierro el ojo derecho no la veo, pero sé que está ahí. Seguro que está porque se nota que es una hojita resistente. Y además, lo sé porque lo creo...

Pero, por qué es que ella elige quedarse y no se baja corriendo. Por qué no se esconde –hasta que pase la lluvia – en el tronco, o salta al cantero dando grititos de hoja asustada.

Hay, también, una gota. Es bastante grande para ser gota y, la verdad, parece que no se hubiera bañado antes de salir porque está como sucia. Hay gotas que asombran por su transparencia y otras que no. Lo cierto es que este “gotón”, mientras caía, vio a la pequeña hojita y, sin dudarlo, se agarró con saña de ella. Pobre gota... hace una fuerza tremenda para mantener el equilibrio ahí arriba. Tal vez se arrepiente de haberse quedado tal alto, tal vez vislumbra la explosión de la muerte. Esta sola, ni siquiera forma parte de un charquito. Solamente esta unida a la hoja, más que unida, adherida. La gota depende de la hojita.

Hay viento, bastante viento. La hoja se arquea un poco –casi parece una vasija- y la gota acaricia su extensión -como en un paso de balet- hasta que se detiene en el centro. Por fin, el gotón está salvado, ahora sabe que podrá ser vapor cuando el sol salga.

Ella estará pensando –después de tremendo susto- por qué brotó ahí, tan alto; por qué no más abajo, con las otras y, aunque no haya respuesta, ella sabe que el sol que recibe es más puro y más brillante que allá, que el aire de la noche es más fresco y que es dificilísimo llegar para los bichos. Y eso es bueno. Sabe que no va a bajar.

El gato miró toda la escena desde la mesa. Bueno, no la miró toda porque abría los ojos cada tanto... sobre todo los abría con los truenos. Pero sé que miraba el árbol. Tal vez pensaba en la secreta lucha que se libraba ahí. O tal vez conoce a la hojita -es la más alta de todas, es lo último que se ve antes del cielo, así que es fácil reconocerla.

El gato sabe que nunca va a llegar allá arriba en el árbol porque el árbol cedería a su peso y él se caería. A lo mejor por eso mira como si mirara lo perdido, mira tristemente. Él se hace el tonto, parece que no quisiera que yo vea que ve. Disimula. No quiero irrumpir en su universo así que lo dejo, ni siquiera lo acaricio.

Es extraño –sabes- ser testigo de mundos tan bellos: ¿Qué sentís vos ante tantos universos? ¿Qué sentirá el gato - ahora acurrucado- al verme escribiendo?