martes, 9 de marzo de 2010

UN DÍA


Si había un día para dejarlo era ese. Ese inmaculado día en el que había comprendido que su vida estaba dando un inmenso giro y que él no tenía porque comprometerse con eso.
Ella lo amaba con tanta pureza y devoción como es posible amar. Ella sentía que su amor debía servirle a él: no serle útil, servirle. Ella pensaba que la abnegación era una propiedad del amor, tan propia como el abandono del yo en pos del otro. Sin embargo, su egoísmo era máximo: su amor no dejaba de ser humano; ella no podía evitar preocuparse por si misma y él no lo merecía. Él debía ser amado servilmente, sin recelos, sin reclamos (y ella lo sabía). Así que si había un día para dejarlo era ese. Ella lo sintió como un relámpago, como una certeza ineludible. Y ella se fue.

LA MALA SANGRE

No sé como se conocieron, creo que nunca lo supe. La memoria es selectiva así que ese recuerdo se debe haber perdido para siempre en él.
A él lo conocí una noche en el Tortoni, ahí me lo contó. Me acuerdo que le temblaban un poco las manos.
No lo cuento mucho –me dijo-, porque me agoto de sólo pensarlo.
Sospecho que él supo, cuando conoció a la familia de ella, lo que podría pasarle. Pero tan joven que pensó en otra cosa hasta que pasó: ella, después de tres o cuatro meses de noviazgo, se embarazó y decidió tenerlo.
Interesante alternativa la que este íncubo de Hamlet le presentó a mi amigo –pensé. Mientras él me lo contaba se reía con esas risas nerviosas o impotentes, sus ojos brillaban y yo temí que se acabara el vino y él interrumpiera su monólogo.
Mientras se sonaba los dedos me dijo:
-No lo vas a creer, pero cometí el error de construir la casa que iba a ser para mis hijos en el terreno de atrás de las casa de sus padres. Sabía que en esa casa quedaba todo lo que tenía...

Yo pensé que era mejor interrumpirlo y que no me contara mas –se lo dije.
Dijo –tosiendo un poco- que quería seguir. Sentí algo raro, ahora creo que sentí que el relato de su historia se apoderaba de él. No digo que lo pensé, lo sentí en el cuerpo como se siente un cambio de temperatura o un pellizco.
-Además, nunca la quise, quise quererla pero no me salió, dijo.

Me perdí en el relato de sus desventuras. Estaba perpleja, no podía creer el nivel de hija putez de esa chica ni, sinceramente, el de tolerancia de él. Esa víbora demoníaca era insaciable y él lo intentaba todo sabiendo que a cada paso se alejaba (¿de qué? ¿por qué?). Los gritos de ella atronaban los nueve círculos del infierno de Dante y hacían bullir la lava de los volcanes mientras él trataba de descansar para ir al trabajo.
La mala sangre existe –dijo. –Te salen canas, te enfermas, te duele el cuerpo por tolerar lo intolerable. Y te juro que con ella lo entendí. Te pasa.
Ella era una tormenta que lo perseguía, y lo atrapó.

-Hasta llegó a encerrarme para que escuchara sus gritos.
Yo salté de la silla y él, como vencido, apoyando los codos en la mesa y con una mano en la frente me explicó:
-Una tarde, estaba tan enfurecida y yo la ignoraba tanto, que si hubiera sido poderosa, hubiera invocado, no siete sino mil plagas sobre mí. Enloquecida me siguió a una habitación, cerró con llave y gritó (gritó todo lo que quiso) y puteó y me torturó durante, no sé… veinte o treinta años (tantos como toda mi vida).
Él casi jadeaba. Lo miré de nuevo, lo miré bien. Era absolutamente imposible lo que pasaba, lo que le pasaba. No era real. De pronto, frente a mi, no estaba él (o si), pero era un hombre como de setenta años, era un viejo.
Estoy tan cansado ahora –dijo- y se reclinó sobre la silla con los ojos cerrados.