martes, 14 de diciembre de 2010

Purga



Éramos dos o mas, generalmente, tres en ese departamento. A veces cuatro… muchas veces eran cuatro.
Comíamos lemon pie tiradas en la cama en verano y estudiábamos en invierno. Estudiábamos cuando éramos dos. Cuando éramos tres una de nosotras estudiaba y la otra, a lo suyo.
Cuando éramos cuatro nadie estudiaba: Un colchón al living, uno en el cuarto y listo. No nos hacían falta grandes cosas.
Después yo me separé de aquel novio: un tipo raro con grandes pretensiones y una madre hiper tierna. Él escribía bien: yo lo leía. Se fue a Europa y me mandaba postales de amor bellísimas. Era una relación apasionada… eso le dije cuando lo dejé: no se si nos amamos, pero nos deseamos tanto... Cuando lo dejé, él durmió en el auto en la puerta del dpto. y, al otro día, pegó por todo el barrio carteles con poesías para mi.
En 2001 nosotras pagábamos el alquiler mitad en peso, mitad en una moneda innombrable e inexistente. En diciembre salimos a la calle impactadas.
El chino de la vuelta bajó la persiana.
Yo hacia colas interminables para sacar 100 pesos de un cajero y escuchaba a la gente quejarse.
Me acuerdo que la vecina de al lado se mudó y nos regaló sus hermosas plantas que empezaron a colgar por todos lados en el departamento. No había más lugar: cajas de ropa, zapatos tirados, fotos pegadas, libros y más libros. Estaba atestado de cosas.
Recuerdo mudarnos de allí y la canción que cantaba mientras íbamos en el flete: “cambia, todo cambia…” y cambió.
El fletero nos dijo: “No se cómo entraba todo esto en un departamento tan chico”.
La mañana que nos mudamos fue de las pocas que no dormí ahí… Llegue sobre la hora, agitada, después de tomar un tren y un colectivo y acompañada por el hijo de un profesor… él decía que me parecía a Mimi Maura… él adoraba a Mimi Maura y tocaba el saxo.
Tuvimos, por fin, un departamento grande, luminoso y lleno.
Mi papá puso estantes para los libros y sorteamos las habitaciones. Éramos demasiados allí y yo desbarrancaba.
Su madre murió.
Yo me hice mi primer tatuaje.
Una noche llegué y ella estaba arrinconada. “Amigos”, dije… con las ganas que tengo de verlos. Nico entró a mi cuarto y no quería irse. Tuvo que echarlo otra “amiga”.
Ella enfermó, yo también. No nos entendimos o nos desentendimos. Tal vez nunca nos hayamos entendido… qué se yo. Nunca discutimos, tal vez pasó eso.
Una noche en que vomite el espanto decidí irme. Alquile un departamento chico y adopté dos gatos… Lo que me hacia falta era eso: cambiar de aire, comer menos pochoclo y descansar.

EN MÍ, A MÍ, DE MÍ




Me abandonó. Teníamos 16 años y él me abandonó. Fue a vivir otra vida, una vida que fue un infierno. Me pidió un libro y se fue gritando entre los autos. Me quede esperando, me quede tratando de seguirlo, sin seguirlo. Muchas veces pensé, que ese que él tomó era mi camino; pero no, era el suyo, por eso yo me quede esperando. Esperé negando que esperaba, haciendo como si nada… Pero de noche, muchas noches, lo llamaba.
Mil veces pregunté por qué, por qué a él, por qué a él si éramos casi uno, el mismo. Porqué él se iba así, entre los autos.
Eran las 8 de la noche la última vez que lo vi.
Yo lo busqué, lo busqué desesperadamente como si buscara un pedazo mío: Un pedazo de piel, un poco de mi cuerpo. Lo busqué pensando y repensando qué dijo, qué pensó, que sintió… Tal vez, si me concentraba suficiente lo encontraría a él, en mí, y entendería, él me explicaría, a mí.
Lo busque.
No pude encontrarlo.
Lo ocultaron.
Me mintieron, todos, muchos, a mi.
Alguien se apiado. Alguien me contó.
Lloré hasta vaciarme. Hasta tener que llenarme de nuevo.
Pero él no volvía a mí.
Soñé hasta la locura, deliré hasta la razón, leí y releí toda su historia, la mía.
Cuando lo vi, vi a otro. Ya no era el mismo: golpeado, anulado, gastado.
Paso mucho tiempo hasta que entendí que esa vida, que ese infierno era también mío, distinto, pero tan mío como él, como un pedazo de piel o un poco de mi cuerpo, mío, de mi.