miércoles, 21 de mayo de 2008

LAS FLORES




Sonó el timbre. Ella sacudió con las manos los pliegues de su pollera y abrió la puerta mientras de reojo se miraba el pelo en el espejo. Él estaba ahí parado y en las manos tenía una botella de vino y un ramo de flores. Ella estaba nerviosa. Sonriendo le dijo:

- Pensé qué íbamos a cenar afuera.

- Si, pero podemos cambiar, o dejo esto acá… es para vos- dijo y extendió las manos. Él pensaba que ya había hecho algo mal.

Juana percibió ese malestar y, con cierta timidez, le dijo que prefería salir, que no salía mucho.

- Además, podemos ir por acá cerca.

Él le parecía divino, un caballero y, además, era sensible y discreto: justo lo que ella necesitaba. Juana había decidido mentirle, para qué decirle que era casada. Mentirle era como vivir un sueño, como jugar a la libertad.

Ellos se habían conocido una noche en la que Juana salió a tomar algo con su amigo de la infancia: Matías. Amigo que, sin duda, esperaba la oportunidad de encamarse con ella; y ella lo sabía. Matías era terrible, así que en cuanto vio que un par de miradas se cruzaban, convenció a Juana para que le diera, a ese desconocido, su número de teléfono. Él sabía que solamente si Juana estaba con otros hombres, alguna vez estaría con él: era casi un plan y tenía tiempo para esperar.

Hacia mas de dos años que Juana no estaba con nadie mas que con su marido, Marcos, así que la idea le gustó: primero pensó en obtener, como si fuera un trofeo, el teléfono del tipo, pero sabía que, cuando lo tuviera, le iba a resultar difícil no llamarlo y seducirlo. En un par de segundos imaginó a ese hombre perdidamente enamorado de ella y sintió un inmenso placer, casi un alivio.

Claro que podía hacerlo: ella camino hacia el baño y tuvo un gesto sutil, suave: se detuvo un instante justo al lado de él y lo miró de pasada mientras, como desorientada, buscaba la puerta del baño. Fue suficiente. Él la siguió y le dio su número y su nombre: Diego.

- Llamame, le dijo.

- Puede ser, dijo ella con mesura.

Fueron varias las llamadas, pero Juana no terminaba de decidirse, no se animaba. Matías, por supuesto, le insistió: dale nena, no pasa nada, es una vez y tu marido nunca se va a enterar. Además, ni que él fuera un santo.

Pero Juana no se decidió hasta que Marcos le habló del congreso de Mar del Plata, de su ponencia y de la fecha: 2, 3 y 4 de agosto. Ya se había inscripto y tenía el pasaje.

- Bueno, dijo Juana, ni me consultes.

- Gorda, son tres días nada más y te prometo que te llamo todas las noches. Además vos te podes ir a paseas con las chicas o con tus amiguitos... eso si, deciles que te cuiden.

El 4 de agosto era el día en el que, iba a hacer 3 años, ellos habían decidido irse a vivir juntos y siempre lo habían festejado. Marcos no podía haberse olvidado, se estaba haciendo el boludo. Seguro que quiere ir al congreso para garcharse a alguna. Pero yo no le voy a decir nada, esta bien, que vaya. Juana sabía que Marcos no le era fiel y, aunque siempre decía que no le importaba porque, finalmente, él la elegía a ella, este caso le parecía un abuso: agarrarse a otra vaya y pase, pero el 4 de Agosto, no. Por eso ella aceptó cenar con Diego.

Juana le iba a mentir, total, después le corto el rostro de la manera mas diplomática posible - le dijo a Matías. Y si se pone pesado, le digo que mi ex marido me persigue y que es un jodido. Matías estaba contento: un paso mas.

La tarde del 3 de agosto Juana sacó de la vista, en su casa, todo lo que le pareció que podía ser un signo de su unión con Marcos. La casa parecía un decorado y a ella le parecía divertido. En realidad, pensaba que había guardado las cosas sólo por precaución, porque si se acostaba con Diego, (cosa casi segura), lo haría en un hotel.

Ellos cenaron, charlaron y, un poco borrachos, subieron al auto. Durante todo el tiempo ella actuó como una mujer conquistable y tranquila. En el auto Diego la besó y ella sintió un cosquilleo increible: si, le gustaba.

-A dónde vamos, dijo él.

- No sé, vos sabrás

- A tu casa?

- No, no a un hotel.

- No... no voy a hoteles, no me gustan. Dijo Diego agachando un poco la cabeza.

A Juana la convenció esa mención, casi pudoroso y, en un delirio de adolescencia, sintió que su casa era mejor y cerca y pensó que, de todas maneras Marcos volvería mañana a la noche (ella había visto el pasaje) y casi escucho la voz de Matías que diciendo "No pasa nada". Si, Diego podía darse cuenta que ella era casada (el baño, por ejemplo), pero bueno, dije que no me había separado, pueden quedar cosas todavía.

- Vamos?

- Dale, vamos a casa. Dijo ella.

Cuando llegaron Juana fue al baño y escondió, donde pudo, las cosas de Marcos. Cuando volvió al living, Diego tenía dos copas de vino en las manos. Ella sabía que era mucho, que ya estaba un poco borracha y que sería un abuso, pero tomó. Estaba cómoda.

Tuvieron buen sexo y se confesaron encantados el uno con el otro. Ella sintió culpa y estuvo a punto de decirle la verdad, pero pensó que iba a ser peor, que iba a herir a Diego. Pensó en Marcos y en que, pese a todo, no dudaba de su amor. Supo que lo amaba.

En un rato Juana logró olvidarse de sus pensamientos: se sentía otra, como la protagonista de una novela.

Diego y ella durmieron abrazados. Como a las 10 de la mañana se escucho un ruido; ella abrió los ojos con dificultad; otro ruido: "Felíz aniversario" -se escuchó- pensaste que no iba a estar y... y ahí estaban los dos desnudos y medio dormidos y a Marcos se le cayeron las flores de la mano.

sábado, 17 de mayo de 2008

COMO UN RIO


Nadie se baña dos veces en el mismo río.

Heráclito.



Me siento tan sola – pensó o dijo o, más bien, yo sé que lo dijo, pero ella pensó que lo pensó y yo la dejé pensarlo. No intervine. Se fue del bar y yo la dejé irse. No la detuve.

La amé toda mi vida con la pasión y la mezquindad con que es posible amar un río o un paisaje de película. No era inalcanzable, porque si yo esa tarde hubiera dicho: -Te escuche y no estas sola, ella hubiera mirado y hubiera visto que ahí estaba yo queriendo alcanzarla. Pero no le dije nada. Esa era la única manera que yo tenía de amarla y la única que ella permitía. Esa era la forma: estar y no estar, estar siempre pero desaparecer ante sus ojos. Dejar que ella juegue a hacerme desaparecer. Y yo lo disfrutaba. Me gustaba desaparecer cuando ella quería y sentir que se perdía sin mi. Dejarla. Creo que alguna vez tuve la pretensión de que, actuando así, ella tendría que volver a buscarme habiendo comprendido, -de una vez!- entendido que quería estar conmigo para siempre. Pero yo no hubiera tolerado que lo entendiera para siempre. Para siempre es mucho para mi y ella no era fácil de pensar para siempre. Ella no es fácil de pensar.

Cuando la conocí creí que era simple como un parque. Al poco tiempo –estoy seguro- ella vio en mis ojos la señal de que había entendido como era. Me asusté. Sentí que algo me enredaba atándome a ella pero, sobre todo, yo le creía: Cuando ella hablaba yo le creía todo lo que decía. Pude huir... pero no fue necesario porque, en ese momento, ella empezó a desaparecerme. Finalmente, todo era tan fácil como una foto de un parque iluminado –iluminado con esos faroles altísimos y tristes. Ella iluminaba las partes que quería y las que no, las dejaba en la otra parte, en la oscuridad.

Así la amé toda la vida: cerca y lejos; viéndola y dejándome ver, pero nunca a su lado como nunca hay nada al lado de un río porque el río se mueve y se mueve.

No estar con ella me dejaba respirar un aire que, a la larga –generalmente justo cuando ella me iluminaba-, estaba por matarme. Generalmente: porque a veces yo tenía que presentarme solo a beber su agua, a rozar su viento. Pero ella no me veía y yo, sin embargo, la necesitaba tanto...

Jamás pude decirle cuánto la amaba, éramos tan felices juntos que no hacía falta. Pero una vez lloré, lloré mucho porque la extrañaba (...pero ella no prendía las luces –y yo, entonces, sólo era un extraño viéndose en el río-), y ella, seguramente, lloró alguna vez (eso no me lo perdono) sintiéndose sola porque no estaba a su lado, aunque yo corriera y corriera al borde del río.